Había una vez… . el arte de la palabra y la mediación lectora

Laura Guerrero Guadarrama

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Las palabras flotan en el aire, es una tarde que la lluvia ha refrescado y un grupo de oyentes percibe la vibración, cada tono, la imitación de los sonidos, el silencio que es signo de la duda, de la angustia, del dolor. El escucha comparte las múltiples sonoridades que tocan su memoria e imaginación para convocar la risa, el llanto, la oración, las piedras al caer, el mar y el viento. El escucha se enfrenta al arte de la palabra mediante la voz humana:

“Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron. Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miró seria: “No, su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intenté dulzura, dureza, ironía. Ella lloró, gritó, acarició, amenazó. Tuve que pedirle perdón.” (Paz, “Mi vida con la ola”, fragmento, 165).

Cada palabra, como una caja mágica, guarda una presencia de las cosas que nombra, los objetos o las personas. Al hablar transmitimos un poco de nuestra vida a la persona que nos escucha; como si con nuestra voz parte del hálito, del alma que da color a nuestra existencia, se pasara al prójimo. Y la imaginación que nos acompaña, íntima y personal, se delinea poco a poco en el fluir de la historia. Hacemos del otro un cómplice de nuestro relato, un acompañante comprometido que observa los hechos y se compromete en su comprensión.

Todas las personas que habitamos este planeta  somos narradores orales, necesitamos serlo, es una habilidad innata y necesaria. No existe la posibilidad de evadir este rasgo de nuestra humanidad.

Contamos, relatamos, decimos, parlamos, damos sentido al caos a través del orden que el relato exige. Este entorno caótico, terrible, peligroso, difícil; esta realidad que nos agobia, cobra sentido cuando la acomodamos y le ofrecemos el orden del relato. Así, nos vamos configurando en el mundo, creamos la historia de nuestra familia cercana y remota, de los seres que nos acompañan en este viaje, de los héroes y de los villanos de nuestra historia.

Narración oral

¿Qué hay más cercano a nosotros que nuestra propia vida y la de quienes nos rodean? De ese material brotan las historias más gozosas, las más duras, las que más nos confrontan. La memoria se puebla con cientos o miles de pequeños relatos que están a nuestra disposición para dialogar, recordar, monologar, pensar.

Entre esos relatos están aquellos que adquirimos a través de las lecturas, historias imaginarias que autores y autoras han creado a partir de múltiples factores que los han adiestrado en el arte de la escritura. Estas producciones nos seducen, permiten que visualicemos vidas semejantes o diferentes, hay miles de vidas por vivir en las páginas de los libros; hay lugares, tiempos, aventuras. Todo un repertorio que vamos haciendo nuestro de acuerdo con nuestro gusto, necesidades o intereses.

Cuando ambos estratos se cruzan: la narración oral y la narración literaria, cuando se fusionan, se enriquecen sus posibilidades. Cuando el narrador cotidiano lee un cuento y, después, lo cuenta, descubre que es fácil, que lo ha hecho siempre. Hablamos del que cuenta a un amigo, a la novia, a un niño, en ese diálogo de todos los días, como contar la película o la obra de teatro. Esas cualidades ordinarias, comunes y corrientes que nos acompañan y nos facilitan la relación interpersonal, se pueden desarrollar.

Si una persona asume la peligrosa tarea de la mediación lectora, la aventura de despertar el espíritu de los demás, de hacerlo crítico y activo, debe prepararse porque va a ir contracorriente; los enemigos son múltiples y se hacen acompañar de la comodidad, la flojera y la indolencia. El promotor debe armarse, como el caballero de la manchega llanura, debe alistar sus armas para la batalla; debe estar preparado para los fracasos y los triunfos. Ambos son peligrosos, si no existe la inteligencia para medirlos en su justo valor.

Contamos con la afición humana por el cuento, con la necesidad que tenemos de escuchar relatos y de decir historias. Con ese punto de partida podemos comenzar. De ahí hay que partir, mediemos entre el arte literario y el receptor. Seamos puente, estímulo, viento o huracán para jalar a nuestros escuchas. Acabemos por volverlos iniciados, promotores en sus hogares, trabajos o escuelas.

Bibliografía

Paz, Octavio. “Mi vida con la ola”. Libertad bajo palabra. 1960. México: FCE, 1990. 165-171

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