Dear boy: Un niño llamado Roald

(Áurea Esquivel)

La historia de Roald, antes de Dahl, no es muy diferente de la de muchísimos niños, pero es única por el modo en que nos la cuenta. El afamado escritor, un hombre grande y de fuerte carácter, parece sentarse frente a nosotros, cerrar los ojos y hacerse chiquito para revivir algunos de los momentos más significativos de su infancia.

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Todo comienza con la historia del padre de Dahl en Noruega, manco gracias a los ‘cuidados profesionales’ de un médico borracho, y su viaje a Francia en busca de nuevos horizontes. Después de varios éxitos, una enorme tragedia, y de vuelta en su patria, Harald Dahl conoce a Sofie Magdalene Hesselberg, con quien se muda a Gales. No obstante, no hay muchos recuerdos de su padre porque éste muere cuando Roald tiene sólo tres años. Todo lo que sabe de él es gracias a las remembranzas de otros.

 Así, Sofie Magdalene, por una deuda de amor con su difunto esposo, decide que Roald debe tener acceso a la prestigiosa educación inglesa. Sin embargo, la narración de sus vivencias en la Escuela de la Catedral de Llandaff, St. Peter’s y Rendon, a diferencia de su ficción, apenas tiene momentos felices; lo que más reverbera en el fondo de su memoria sobre estos lugares son las golpizas, esas que eran (y son) tan normales en la ‘recta educación’ de los niños, esas que los adultos propinaban y exigían con perverso placer. A diferencia de las historias de Matilda o de James Henry Trotter, no sucede nada mágico que detenga el sufrimiento; uno espera que pase algo, lo que sea, con tal de que se interrumpa el castigo y los malos reciban su merecido… pero nunca pasa. El joven Roald sólo se tiene a sí mismo, el recuerdo de su familia y la silenciosa solidaridad de sus compañeros para soportar el paso de los días.

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De esta manera, conocemos el origen de muchos villanos de sus historias, así como el de algunos héroes y heroínas. No es precisamente agradable, pero las descripciones y las perspectivas tan propias del estilo de Dahl hacen que la lectura sea casi una actividad física, donde sentimos cada relato en diferentes partes de nuestro cuerpo; entonces, acompañamos al niño en un modo más íntimo, entendemos mejor su soledad, su dolor, su deseo por escapar a toda costa.

Al final, no todo es malo en realidad. Aunque pocos, los chispazos de alegría brillan en una isla secreta en el interior de Noruega, en los abuelos, en mamá y en el esperado momento en que Roald puede elegir por sí mismo el rumbo de su vida.

Fuente: Dahl, Roald. Boy, relatos de infancia. Ilus. Quentin Blake. Trad. Salustiano Masó. México: Santillana-Alfaguara, 2016. Impreso.

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